viernes, 16 de septiembre de 2011

16 DE SEPTIEMBRE DE 1989

En en año de 1989 Saltillo era una ciudad tranquila, tan tranquila que estaba en la delgada línea roja de ser aburrida.

Todo era pequeño; había un corto paso a desnivel que daba directo al centro y los colegios estaban contados: Estaba el de nuestras rivales que era El Instituto del Valle Arizpe que se conocía más por "Instituto de Vacas Amaestradas", así como el Colegio Nicolás Bravo, que era mejor conocido como el "Colegio de Niñas Bobas", el cual una boba, digo, una servidora ahí estudiaba; el Colegio México, salesiano y mixto conocido por tener los niños mas guapos, El Colegio Ignacio Zaragoza, El Instituto Alpes, El Colegio Americano, y párale de contar.

En esa época yo estaba en la escolta; nunca fue por tener las mejores calificaciones, ni mucho menos por ganarme una beca, simplemente porque media 1:77 al igual que Alma Rosa. Vero, Ana Lucía y Cirenia, apenas medían  1:70 pero al igual eramos las grandotas del Colegio.

Nuestra asamblea cada lunes era todo un reto: No dejar que la bandera se atorara en la cancha de basket, ya que habíamos dejado en otras ocasiones los colores patrios enredados en el cesto mientras hacíamos nuestro recorrido por todo el patio. La risa se daba cuando teníamos que entregar la bandera hasta la dirección marchando, cuando ya nadie nos veía, cosa que se me hacía algo ridículo.

El 16 de septiembre se acercaba y ya estábamos listas para el desfile por toda la ciudad. Mis hermanas también participaban en la marcha y era un suplicio pedirle a mi padre un uniforme nuevo, ya que no era que no tuviera el dinero, simplemente no le daba la gana comprarlo.

La marcha empezó aquel día y ya teníamos gritoniando a Demetrio, el maestro de educación física; no era raro que sacara en pleno desfile a alguna alumna que estaba platicando y veías una que otra llorando por el incidente. Eso sin contar las caras nada agraciadas de las monjas camuflajeadas entre el público, que te taladraban el cerebro con sus miradas. A mi me encantaba el paso redoblado pero las vueltas no eran mi fuerte ya que no medía bien mi distancia y por consiguiente parecíamos abanico roto.

Lo peor fue que ninguna de las cinco se percató de saber por donde íbamos y de repente dejamos de escuchar el ruido de la fiesta tricolor y terminamos en un callejón que ni supimos como caímos ahí, solo alcanzamos a ver a lo lejos del tamaño de una hormiga como Demetrio brincaba y gritaba enfurecido porque sin querer nos habíamos salido del desfile para lograr perdernos.

A nosotras nos valía gorro, nos sentíamos mas orgullosas y pensabamos que todo Saltillo nos reconocería por nuestra hermosa actuación cívica, cuando eramos una escolta mas entre tantas otras, pero era grato vivir cada año el 16 de septiembre con el mismo uniforme apretado y deslavabo pero con las emoción de revivir ese día.

1 comentario:

Nena dijo...

Clap, clap, clap.

Yol, extrañaba MUCHO tus relatos. Me encantan!!! Yo soy cero patriótica, contrario a Juan Pablo.

Ele y Juan Pa
http://sailing-nena.blogspot.com/

las cabeceras (¿asi se llaman?)

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