lunes, 1 de septiembre de 2014

EL MARIACHI Y EL INVERNADERO

Eran pasada la una de la mañana de un miércoles 30 de agosto del 2000 cuando mi suegra dijo: ¡Al fin voy a descansar! (porque mi sobrina había nacido días antes), cuando en eso se escucha un ¡¡¡Echale mi mariachi!!! y la música retumbó de cuadra a cuadra. ¡Saaal chango! gritaban mis amigas con sus novios mientras yo estaba en medio de la calle con unas flores en la mano, una sonrisota cínica, una chela encima y mi inconsciencia intranquila.

No mamá, no vayas a pensar que tu hija era una rogona que se la pasaba en la calle. No, detrás de esos mariachis y ese detalle impulsivo había mucha historia de amor y desamor, tanto así que días antes Carlos y yo ya ni si quiera nos saludábamos si nos veíamos en el elevador del trabajo.

Aquí la del problema era yo y mi miedo al compromiso y a dejar mi libertad, tanto así que mientras el mariachi me preguntaba que canciones de amor le iban a cantar a mi ex-novio, yo escogía la de El Mariachi loco quiere bailar. Después, todo cambió y me di la oportunidad, nos fuimos conociendo más y Carlos comprendió que me emocionaba más sólo una flor que un invernadero en mi cuarto y que era más divertido irnos a Villa de Santiago en un carrito viejo que se estaba destartalando a una cena romántica.

Ya pasaron 14 años y cada que pasa esta fecha nos acordamos de cómo empezamos nuestro noviazgo, pero sin escarbarle tanto porque luego él me dice: ¡Eras una méeeendiga conmigo!, pero todo valió la pena. Nos hace ver cómo éramos y en qué nos convertimos. Yo ya no soy aquella impulsiva que le encantaba hacer fiestas en el depa que compartía con sus roomie Javier y Ramón, ahora lo único que quiero es llegar a casa y estar con Domy y con Carlos haciendo nada y todo pero solo estar juntos.

Recuerdo a ese noviecillo de cabello esponjoso que no me convencía mucho su look pero que bendigo al estilista que le cortó el cabello en sus vacaciones en España, porque en cuanto regresó y lo vi se me cayó la baba.
Aquél que me regañaba porque se me iba la onda y me decía: ¡No soy tu compadre, yo soy tu novio!
Aquel que me preguntaba ¿cómo vamos?
Aquel que con su sonrisa me deslumbraba, misma que le heredó a Domy.

Hoy el mariachi y el invernadero de flores hermosas se traducen en colegiatura, pagos y pendientes, pero el seguir a su lado aún en las altas y bajas y todo lo bueno y malo que hemos vivido juntos, me hace amarlo más y agradecer a Dios por lo vivido.

Aquellos novios ya no volverán, pero se quedan estos más maduros, aunque siguen soñando, más centrados, aunque se siguen divirtiendo con simplezas, con más responsabilidades aunque a veces les vale todo, pero sí uno quiere tirar la toalla, el otro la levanta y con un amor diferente pero más sólido.
Y sí todo esto que acabo de escribir fuera la letra de una canción, ten por seguro que la cantaría un mariachi.

Te amo

las cabeceras (¿asi se llaman?)

las cabeceras (¿asi se llaman?)